Síguenos en    Twitter    Facebook    Google Plus    YouTube

Las guerras de Tolstói

La exitosa carrera de Pevear y Volojonski, pareja de traductores del ruso, invita a una reflexión de la influyente periodista sobre los peligros de actualizar el lenguaje de los clásicos

En Ana Karenina, el día después del fatídico baile, decidida a olvidar a Vronski y retomar su vida apacible junto a su hijo y su marido (“mi vida proseguirá a la manera antigua, todo agradable y como de costumbre”), Ana se instala en su compartimento en el tren nocturno de Moscú a San Petersburgo, y saca una novela inglesa sin cortar, probablemente de Trollope a juzgar por las referencias a la caza de zorros y al Parlamento. Tolstói, por supuesto, no dice nada sobre una traducción: los rusos educados sabían inglés, además de francés. Por el contrario, muy pocos anglófonos educados han leído a los clásicos rusos en el original y hasta hace poco han dependido en gran medida de dos traducciones, una de la inglesa Constance Garnett y otra de la pareja inglesa formada por Louise y Aylmer Maude, hechas en 1901 y 1912, respectivamente. Gary Saul Morson, el distinguido profesor y experto en lenguas eslavas, escribió sobre la primera:

Adoro a Constance Garnett y ojalá tuviera una foto de ella enmarcada en mi pared, porque a menudo he pensado que lo que hago para ganarme la vida es enseñar las Obras Completas de Constance Garnett. Tiene un oído maravilloso para el inglés y, especialmente, el tipo de inglés que aparece en la ficción británica de la época realista, lo que hace que resulte ideal para traducir las obras maestras rusas. Tolstói y Dostoievski estaban leyendo y aprendiendo constantemente de Dickens, Trollope, George Eliot y otros. Cada vez que alguien vuelve sobre una de estas obras, los críticos dicen que la nueva versión sustituye a la de Garnett; y luego sale otra versión que, aparentemente, vuelve a sustituir a la de Garnett, y así sucesivamente. Algo ha debido de hacer bien.

Morson escribió estas palabras en 1997, y luego las recordaría amargamente. Desde entonces una especie de asteroide ha impactado en el mundo seguro de la literatura rusa en traducción inglesa. Una pareja –Richard Pevear y Larissa Volojonski– han creado una industria consistente en coger todo lo que encuentran escrito en ruso y ponerlo en un inglés torpe e insulso. Sorprendentemente, estas traducciones, lejos de ser rechazadas por los críticos, han sido acogidas con los brazos abiertos y han sustituido prácticamente a Garnett, Maude y el resto de traducciones anteriores. Si alguien va a una librería a comprar una obra de Tolstói, Dostoievski, Gógol o Chéjov, la mayor parte de lo que se encuentra está traducido por Pevear y Volojonski.

En un artículo aparecido en el número de julio/agosto de 2010 de Commentary, titulado “La pevearsión de la literatura rusa” Morson utilizaba la palabra “tragedia” para expresar su sensación del desastre vivido por la literatura rusa en traducción inglesa desde que empezaron a aparecer las versiones de P&V. Para Morson, “se trata de traducciones Potemkin: aparentemente definitivas, pero en realidad insulsas y fraudulentas si se examinan en más detalle”. Morson teme que “si los estudiantes y los lectores más generales eligen P&V [...] es probable que supongan que aquello que hizo que tantos se hubieran sentido sobrecogidos con la literatura rusa se había quedado trasnochado o se les escapaba”.

En el verano de 2015 apareció en The Paris Review una entrevista con la rica y feliz pareja. La entrevistadora –al referirse a un comentario que había hecho Pevear a David Remnick en 2005– le preguntó: “Usted afirmó en cierta ocasión que uno de sus objetivos subliminales como traductor era ‘ayudar a que el inglés se vigorizara’. ¿Podría explicar a qué se refiere?” Pevear se mostró encantado de hacerlo:

Tenía la sensación de que la ficción estadounidense se había vuelto muy sosa y, en su mayor parte, centrada en sí misma. Pensaba que necesitaba salir de ahí. Una cosa que me encanta de traducir es la posibilidad que me ofreve de hacer cosas que no harías normalmente en inglés. Creo que constituye una parte muy importante de traducir. El efecto bueno que tiene traducir es esta polinización cruzada de idiomas. A veces se nos critica –esto es demasiado literal, esto es un rusianismo–, pero es algo que no me importa. Dejemos algunos rusianismos. Utilicemos cosas como inversiones. ¿Por qué habría que eliminarlas? Imagino que si eres un escritor contemporáneo, se supone que no has de hacerlo, pero como traductor sí que puedo. Me encanta esta libertad de movimiento entre los dos idiomas. Creo que esto es para mí lo más importante: que debe enriquecer mi idioma, el inglés.

Esta extraña idea de la tarea del traductor no hace más que reforzar la sensación de la dificultad que afrontan los profesores de literatura rusa traducida cuando se obliga a sus alumnos a leer a los clásicos rusos en el “vigorizado” inglés de Pevear. Supe por primera vez de P&V en 2007, cuando recibí un correo electrónico de la escritora Anna Shapiro:

Hace varias semanas acabé la traducción de Ana Karenina de Pevear/Volojonski y aún estoy más o menos dándole vueltas. Deja tan mal sabor; es tan errónea, y tan extrañamente errónea, y transforma el alimento en madera. No habría pensado que fuera posible algo así. Siempre he mantenido que Tolstói era inarruinable, porque es un escritor tan sencillo, con sus palabras apiladas como ladrillos, que nada podía hacerle mella; que es un escritor transparente, por lo que no cabe estropear el sabor, porque en muchos sentidos intenta no tener ninguno. Pero lo han hecho, han añadido un sabor malo, mientras que incluso cuando Garnett escribe frases como “Vronski evitaba los alimentos feculentos”, no hace ningún daño… Me imagino que Pevear se piensa que está CORRIGIENDO a Tolstói; que él es en realidad mucho mejor escritor.

Cuando hojeé la traducción de Ana Karenina de P&V comprendí a qué estaba dándole vueltas Anna Shapiro. El contraste con Garnett me fulminó. El estupendo inglés de Garnett, sus frases apremiantes que no cesan de avanzar, su don para las palabras: todo esto había desaparecido, sustituido por una escritura que es como cuando alguien que no es musical canta o toca el piano. Por ejemplo:

Garnett: Ella plantaba cara a todos los esfuerzos de él por atraerla hacia una discusión abierta con una barrera que él no podía traspasar, hecha de una suerte de divertida perplejidad.

P&V: A todos sus intentos por atraerla hacia una explicación ella oponía el muro impenetrable de una alegre perplejidad.

O:

Garnett: Después de despedirse de sus invitados, Ana no se sentó, sino que empezó a andar de un lado para otro de la habitación. Inconscientemente, se había esforzado al máximo durante toda la tarde para despertar en Levin una sensación de amor –como le daba por hacer recientemente con todos los hombres jóvenes– y sabía que había logrado su objetivo, en la medida en que esto era posible en una sola tarde, con un hombre casado y honorable. A ella él le gustaba muchísimo y, a pesar de la notable diferencia, desde el punto de vista masculino, entre Vronski y Levin, como mujer veía algo que tenían en común, que había hecho que Kitty pudiera amar a los dos. Sin embargo, en cuanto salió de la habitación, dejó de pensar en él.

P&V: Después de ver irse a sus invitados, Ana empezó a recorrer la habitación de un lado para otro sin sentarse. Aunque durante toda la tarde (últimamente se había comportado del mismo modo con todos los hombres jóvenes) había hecho inconscientemente todo cuanto pudo para despertar en Levin un sentimiento de amor hacia ella, y aunque sabía que lo había logrado, hasta el punto en que era posible hacer esto en relación con un hombre honesto, casado, en una sola tarde, y aunque él le gustaba mucho (a pesar del marcado contraste, desde el punto de vista de un hombre, entre Levin y Vronski, como mujer veía lo que tenían en común, por lo que también Kitty había amado a ambos), en cuanto salió de la habitación dejó de pensar en él.

Si estos ejemplos no resultan convincentes, permítaseme demostrar la brillantez de Garnett como traductora con un pasaje del capítulo 8 del tercer libro de Ana Karenina. Estamos en la finca de Dolly Oblonski, donde está pasando la primavera y el verano con sus seis hijos, mientras que el mujeriego Stiva se queda en Moscú. Dolly lleva a los niños a la iglesia del pueblo para asistir a la misa dominical. Durante la semana anterior había estado preocupada con la preparación o los arreglos de las ropas de los niños para el servicio. El coche está ya en la puerta, los niños hermosamente vestidos están sentados en los escalones de la casa, pero su madre está aún dentro, arreglándose. Después de que por fin aparezca, con un vestido blanco de muselina, Tolstói se detiene a explicar la desacostumbrada preocupación por su aspecto de la agobiada y abnegada Dolly. Esta es la traducción de Garnett de ese pasaje:

Daria Aleksandrovna se había peinado y vestido con cuidado y emoción. En los viejos tiempos se había vestido por sí misma, para parecer bonita y ser admirada. Más tarde, cuando se hizo mayor, ponerse elegante le resultaba cada vez más desagradable. Ahora no se vestía por sí misma, no por su propia belleza, sino simplemente para que, como madre de tres exquisitas criaturas, no pudiera estropear el efecto general. Y al mirarse por última vez en el espejo estaba satisfecha consigo misma. Tenía buen aspecto. No como le habría gustado tenerlo en un baile en los viejos tiempos, sino bueno para el objeto que ahora pretendía.

Esta es la de P&V:

Daria Aleksandrovna se había peinado y vestido con cuidado y emoción. Antes solía vestirse para sí misma, para ser hermosa y admirada; luego, cuanto mayor se hacía, más desagradable le resultaba vestirse; veía que había perdido su atractivo. Pero ahora volvía a vestirse con placer y emoción. Ahora no se vestía para sí misma, no para su propia belleza, sino de manera que, al ser la madre de estas preciosidades, no estropeara la impresión general. Y al echar una última mirada al espejo se quedó satisfecha consigo misma. Era bonita. No tan bonita como había querido serlo antes en un baile, pero sí lo bastante bonita para el propósito que tenía ahora en mente.

Aquí, las palabras rusas fundamentales son krasivaia y jorosha. Tolstói utiliza la primera, que significa “bonita”, en la frase referida a los viejos tiempos en que Dolly se vestía para ser admirada. Utiliza la segunda, que significa “buena”, al escribir sobre el actual propósito desinteresado de Dolly. El “tenía buen aspecto” de Garnett transmite el sentido del pasaje como no lo ha transmitido ningún otro traductor al inglés de Ana Karenina. Louise y Aylmer Maude (algunos lectores prefieren su versión de la novela a la de Garnett) escriben “Tenía buena cara”, que es mejor que el “Era bonita” de P&V. Pero el “Tenía buen aspecto” de Garnett es inspirado.

Popularmente tiende a pensarse en Garnett como una dama eduardiana despistada que escribía apresuradamente sus traducciones a un ritmo enloquecido, cometiendo errores enormes con las prisas, y escribiendo en un idioma trasnochado que ha necesitado las retraducciones surgidas más tarde. Una famosa descripción que hizo de ella D. H. Lawrence estableció el sentido de sus premuras y descuidos. Lawrence recordaba a Garnett sentada en el jardín produciendo páginas y páginas de sus maravillosas traducciones del ruso. Al acabar una página la tiraba al suelo sobre un montón sin mejorarla y empezaba una nueva página. El montón solía ser así de alto […] casi hasta sus rodillas, y era pura magia.

Puede sentirse la condescendencia. El jardín, el impetuoso lanzamiento de las páginas “maravillosas” y “mágicas”. Un traductor serio estaría dentro de casa trabajando con una metódica parsimonia. Garnett cometía errores, pero eran corregibles, como demuestra una excelente versión revisada de Leonard Kent y Nina Berberova. En cuanto a la acusación de que Garnett escribe en un lenguaje trasnochado, sí, de vez en cuando utiliza palabras y frases que nadie utiliza actualmente, pero no son muchas. Encontramos el mismo goteo de palabras y frases trasnochadas en las novelas de Trollope y Dickens y George Eliot. ¿Habría también que reescribirlas para las sensibilidades modernas? (¿Acaso le gustaría eso?)

Otro argumento para verter a Tolstói en un torpe inglés con una sonoridad contemporánea ha sido esgrimido por Pevear y Volojonski y, más recientemente, por Marian Schwartz, a saber, que el propio Tolstói escribía en un ruso torpe y que cuando leemos a Garnett o Maude no estamos leyendo al verdadero Tolstói. Podría decirse que el intento de Schwartz por “recrear en inglés el estilo de Tolstói” supera al de P&V en su aire desgarbado. Lo cierto es que Schwartz arruina una de las escenas más emocionantes de la novela, cuando Kitty, tras repeler el intento de su hermana por consolarla tras el rechazo de Vronski, arremete contra ella y le recuerda su degradada posición frente al mujeriego Stiva. Después del estallido, las hermanas se sientan en silencio. En la versión de Garnett:

El silencio duró un minuto o dos. Dolly estaba pensando en sí misma. La humillación de la que siempre era consciente volvió a ella con una especial amargura cuando su hermana se la recordaba. No había esperado de su hermana semejante crueldad, y estaba enfadada con ella. Pero de repente oyó el frufrú de una falda, y con él el sonido de un sollozo ahogado, estremecedor, y sintió unos brazos alrededor de su cuello.

Schwartz escribe:

El silencio duró un par de minutos. Dolly estaba pensando en sí misma. Su humillación, que estaba siempre con ella, le resultaba especialmente dolorosa cuando su hermana la mencionaba. No había contado con semejante crueldad por parte de su hermana, y estaba enfadada con ella. De repente, sin embargo, oyó un vestido y en vez del sonido de sollozos que habían sido contenidos demasiado tiempo, las manos de alguien abrazándola desde abajo alrededor del cuello.

Quizás un descuido del bolígrafo del corrector creó este lío gramaticalmente tan incorrecto. El siguiente ejemplo del molesto literalismo de Schwartz es claramente deliberado. Se produce en un diálogo entre Stiva y su criado Matvei sobre el disgusto reinante en casa de Oblonski después de que Dolly descubra su aventura con la institutriz. Stiva quiere saber la opinión de Matvei sobre si Dolly romperá su relación con él. Garnett escribe:

“¿Eh, Matvei?”, dijo, agitando la cabeza.

“Está bien, señor; todo irá bien”, dijo Matvei.

“¿Irá bien?”

“Sí, señor”.

Schwartz escribe:

“¿Eh, Matvei?”, dijo, agitando su cabeza.

“Está bien, señor, las cosas se formificarán”, dijo Matvei.

“¿Formificarán?”

“Estoy seguro de ello, señor”.

El neologismo “formificarán” [shapify] es el intento de Schwartz por verter el neologismo de Tolstói obrazuetsia (derivado de la palabra obraz, que significa imagen o forma). Tolstói reintroduce su invención pocas páginas después. “A Stepan Arkadiévich le gustaba una buena broma. ¡Y quizá las cosas se formificarán! Una hermosa expresión: formificar’, pensó. ‘Esta tengo que repetirla”. Pero mientras que el neologismo ruso es gracioso, el inglés resulta simplemente extraño. Provoca que el oyente se pare en seco.

Ningún otro traductor cayó en la trampa que se tragó a Schwartz. Los demás traductores –incluidos Pevear y Volojonski–, tras comprender evidentemente que la capacidad de las lenguas eslavas para jugar con las palabras no es innata al inglés, no intentaron crear un neologismo inglés. (Rosamund Bartlett y P&V se acercan lo más posible a obrazuetsia con “las cosas volverán a su debida forma” y “todo volverá a su debida forma”). A veces, por supuesto, hay que hacer el intento, como en el relato “Ionitch”, de Chéjov, en el que un personaje habla en “su lenguaje extraordinario, desarrollado en el curso de una prolongada práctica de las ocurrencias y que ya se había convertido evidentemente en un hábito: ‘Feapo’, ‘Enórmido’, ‘Mudísimas gracias’, etcétera”. Pero en el caso de Matvei, cuyo lenguaje no es por regla general extraordinario, no se necesita un neologismo inglés exageradamente feapo.

¿O sí? ¿De qué lado ponerse? ¿A qué intereses debería servir el traductor? ¿A los del lector de necesidades sencillas, que solo exige de una traducción que facilite y no que impida su placer y comprensión? ¿O a los de la escuela más avanzada (o masoquista) que quiere saber “cómo” era el original? Aquí estoy hablando de traducciones de ficción. En opinión de algunos lectores, la poesía y el humor son intraducibles. Pero seguramente las novelas sí que pueden traducirse satisfactoriamente. Los mitos básicos que transforman en historias de su tiempo pertenecen a todas las culturas y pueden volver a contarse en infinitos idiomas. Permítaseme dar un ejemplo más del aspecto sobre el que he estado dando vueltas en nombre del lector de necesidades sencillas.

Por más que la edición de Ana Karenina de Kent/Berberova contenga miles de revisiones, en esencia sigue tratándose de la traducción de Garnett. “Es seguro que cometió errores y que su herencia dictó mojigaterías que ocasionalmente amortiguan a Tolstói –escriben Kent y Berberova–, pero no es menos cierto que su empleo del lenguaje y la sintaxis reproducen casi siempre fielmente tanto la letra como el tono del original; de hecho, nos mostramos tan escépticos como muchos otros sobre el hecho de que su traducción se haya visto superada”. Kent y Berberova cambian hábilmente “él evitaba los platos dulces y feculentos” por “él evitaba las comidas y postres con almidón”. Corrigen un error verdaderamente grave en el pasaje en que Vronski pone por primera vez sus ojos en Ana en la estación de tren. Garnett escribe que “sintió que tenía que mirarla una vez más; no es que fuera muy hermosa…”, lo cual parece extraño, ya que la excepcional belleza de Ana es una de las cosas bien sabidas de la novela. En la versión corregida, “no es que” se convierte en “no porque”, y todo encaja.

Sin embargo, hay revisiones que subvierten, casi podría decirse que pevearizan, la traducción de Garnett. En el quinto libro, capítulo 3, Tolstói escribe con deliciosa malicia cómo el ridículo joven Vassenka Vesselovski cae en la cuenta de que su flamante e impecable traje de caza es un error, mientras que los andrajos que lleva Stiva son el colmo de lo chic. En la versión original de Garnett, Stiva va vestido “con rudas mallas y polainas, pantalones desgarrados y un abrigo corto. En su cabeza estaban los restos de un sombrero”. Kent y Berberova quitan apropiadamente “polainas”, pero las sustituyen por unas desconcertantes “tiras de lino alrededor de sus pies”. ¿Qué son estas tiras? En su versión, los Maude resuelven el misterio para el lector: “Oblonski llevaba zapatos de cuero sin curtir, tiras de lino en vez de calcetines envolviendo sus pies, un par de pantalones hechos jirones…”. En el original de Tolstói no hay calcetines. Los Maude decidieron simplemente echar una mano al lector. Que piense que hicieron bien o mal resultará revelador de dónde se sitúa usted dentro de la actual controversia sobre la traducción de las obras rusas de ficción.

(Janet Malcolm, traducción de Luis Gago, The New York Review of Books, Babelia, El País)

El español de todos y de nadie

La precariedad laboral y la necesidad de atender a un mercado de 22 países con sus variantes hace que se traduzca a un idioma plano y sin matices

El fantasma en el libro. Javier Calvo. Seix Barral. Barcelona, 2016. 189 páginas. 17,50 euros.

Breve historia de siete asesinatos. Marlon James. Traducción: Javier Calvo y Wendy Guerra. Malpaso. Barcelona, 2016. 800 páginas. 25 euros.

Hace unos años, el escritor vasco Bernardo Atxaga se encontró con el sueco Göran Tunström, fallecido en 2000, en la Feria del Libro de Gotemburgo. “He leído tu libro El oratorio de Navidad y tiene un lenguaje muy elegante”, le dijo el autor de Obabakoak, que entonces acababa de publicar en Suecia El hombre solo. “¿Elegante?”, le respondió sorprendido el nórdico. “Mi sueco no es nada elegante”. Algo se debió haber ganado en la traducción.

La misma sorpresa se habría llevado William Faulkner de haber leído una vieja versión en español de su novela El ruido y la furia. Donde él escribió “3 Merry Widows. Agnes, Mabel, Beckie”, en referencia a un prehistórico condón de aluminio, el intérprete tradujo que había tres mujeres en el prado. El error no dejaría de ser una anécdota si no fuera porque el hallazgo del preservativo es capital en la novela.

La historia de la traducción literaria en español, igual que la de otros idiomas y disciplinas, está salpicada de curiosidades y gazapos para la carcajada. Pero no sería justo ensañarse con sus profesionales porque evitan muchos más errores de los que cometen y porque lo hacen en una proporción insignificante para el mar de traducciones que se publican cada año dentro de un sector, el editorial, muy tocado por la crisis, que en 2015 facturó 2.257 millones de euros, un 30,8% menos que en 2008, según la Federación de Gremios de Editores. 12.858 títulos, el 16,2% de la producción editorial —en el mercado anglosajón ronda el 5%—, son traslaciones de otros idiomas, alrededor del 50% del inglés, y su peso económico es aún mayor, porque son los autores en lengua foránea quienes suelen arrasar en las listas de ventas.

Si, como dice el traductor y académico de la lengua Miguel Sáenz, alter ego de autores como Günter Grass, “todo idioma al que no se traduce es un idioma cateto”, se podría concluir que una lengua con tanto peso de la literatura extranjera es una lengua que tiende a ser fina y distinguida, aunque haya perdido 4,9 puntos de influencia en un año, tal y como refleja el avance de la Panorámica de la Edición de 2015. Y en el caso que nos ocupa lo es cada vez más, coinciden los expertos, no solo por una cuestión de cantidad, sino también de calidad. El español de la traducción, dicen, muy condicionado por el dominio del inglés y el diálogo con Latinoamérica, tiene aún mucho de lo que lamentarse, pero no ha hecho sino elevar su nivel en los últimos 30 años. Primero, porque se ha beneficiado del “incremento medio del nivel cultural del país”, como observa Carlos Fortea, presidente de la Asociación de Traductores ACETT, que agrupa a 600 profesionales del sector. Segundo, porque tiene a su disposición Internet y otras herramientas que agilizan el proceso de documentación. Tercero, porque, aunque todavía ocurre, es ya cada vez más raro que no se traduzca de la lengua original. Y cuarto, y más importante, porque el oficio, antes en manos de eruditos cuyo mérito era serlo o de universitarios contratados por unas perrillas para traducir a 16 manos, se ha profesionalizado y ha logrado crear una conciencia de su importancia. Sí, la hay, aunque a los traductores, trabajadores autónomos, se les paguen muchas veces tarifas de becario, aún se condene su firma a páginas interiores y no siempre se les concedan los derechos garantizados por la Ley de Propiedad Intelectual de 1987, que les otorgó la condición de autor y supuso un antes y un después en la protección de este oficio vocacional en el que pocos se hacen ricos.

El sector no está en condiciones de bajar la guardia en lo laboral —las tarifas se hallan muy lejos de las que se pagan en Francia o Alemania—, como tampoco lo está de caer en la autocomplacencia profesional, a tenor de la realidad que expresa el escritor, traductor y crítico literario Eduardo Lago. “Lo que se traga el lector medio incluso en buenas editoriales son traducciones mediocres que no suenan a español. Suenan a traducciones”, dice. “El traductor profesional medio no alcanza la calidad literaria del original en la mayoría de los casos. Para traducir Finnegans Wake haría falta un traductor que tuviera el talento de Joyce. ¿Existe? No. Hay algunos profesionales muy buenos, pero las editoriales no les dan tiempo suficiente para hacerlo bien”. Luisa Gutiérrez, directora editorial de RBA, admite que a veces ocurre: “Intentamos dar el plazo necesario, pero no siempre es posible. Si queremos formar parte de un lanzamiento mundial, hay que ajustarse a la fecha de salida”.

El problema de la traducción que suena a traducción, no exclusivo del español, ya lo anticipó Julio Cortázar cuando habló en La vuelta al día en ochenta mundos (1967) de la existencia del traductese, que María Teresa Gallego, veterana y reputada traductora, define como un español perfectamente correcto que sin embargo “no suena a castellano y tampoco al escritor traducido, sino a cualquier escritor de la misma época”. “Por una parte está el problema de que, aunque siempre lo ha hecho, últimamente manda mucho el mercado latinoamericano. Está, indudablemente, la influencia del inglés y también la tendencia de las editoriales a quitar palabras o giros que al lector puedan extrañarle”, apunta. “Pero también observo que las nuevas generaciones de traductores leen mucho menos y generalmente contemporáneo, y que, por las razones que sea, no son lo bastante atrevidos y no levantan el vuelo”, dice. “Quizá tiene que ver con que se ha aumentado la velocidad de exigencia porque se entiende que el ordenador facilita las cosas. Pero precisamente eso ha llevado a muchos a suprimir una etapa del proceso: la segunda traducción, la que debe hacerse del castellano al castellano una vez que ya se tiene la primera versión, para que la espontaneidad suba sola. El problema es que entregamos muy en caliente”.

El traductese sería un idioma que nadie usa en la calle. Un español de nadie y de todos que, como dice la Premio Nacional de Traducción e intérprete del árabe Luz Gómez, es resultado de la presión que ejerce la traducción sobre el español empujándolo a fronteras a las que no llegaría por sí solo”, una lengua artificial “que todo buen profesional” trata de esquivar. En ocasiones surge, en efecto, de la falta de pericia del traductor; en otras, de la falta de tiempo para madurar las versiones, o de la sobrecarga de trabajo de los correctores, o de una combinación de todas. Surge también del uso y abuso de determinadas prácticas a las que los profesionales en situación laboral más precaria no tienen más remedio que plegarse.

¿Realmente es necesario cambiar la palabra coger (follar, en Argentina), por tomar, agarrar o asir, que no siempre son intercambiables, para no herir sensibilidades y poder comercializar una única versión de un libro a los dos lados del Atlántico? ¿Tan grave es que un español se tope con la palabra boludo en lugar de gilipollas, que lea cómo a un personaje lo vosean en lugar de tutearlo o que tenga que detenerse hasta descubrir, si no lo sabe, que frutilla significa fresa? ¿Por qué eliminar toda palabra que a un lector pueda extrañarle o todo rastro de un localismo? ¿Por qué darle la vuelta a la frase alambicada escrita por Balzac o maquillar el lenguaje vulgar de un escritor de medio pelo?

Son prácticas extendidas conocidas en la jerga como planchado y que, en palabras de Sáenz, tienen su origen en la “desconfianza de los editores en el lector y el desprecio del traductor. En ambas orillas”.

“Ha habido un intento por parte del sector editorial de crear un español neutro que les permitiera distribuir las traducciones a los dos lados del Atlántico sin tener que hacer ediciones específicas, y eso no puede ser”, dice Fortea. Como en todo, hay grados, y los traductores se quejan de que, en general, son las editoriales más grandes las más intransigentes. “Como editora de literatura extranjera, dejo bastante libertad al traductor. Pero, si no es muy forzado ni va en detrimento de la fluidez del texto, sí que procuramos evitar verbos como coger”, asegura Lola Martínez de Albornoz, de Alfaguara, editorial que lleva a cubierta el nombre del intérprete de los libros y que ahora mismo celebra el éxito de El libro de los Baltimore, de Joël Dicker, también líder de ventas esta semana junto a otros cuatro autores que escriben en un idioma distinto al español. Adriana Hidalgo, responsable del sello argentino de igual nombre, se pronuncia en el mismo sentido: “No creemos en los idiomas neutros que uniformizan y apagan matices, pero evitamos los localismos innecesarios”.

Es curioso. A nadie le molesta en España que Cortázar suene a Argentina ni en este país ponen pegas a un libro escrito por Javier Marías en español de Madrid, como no molestaba durante el franquismo el acento latinoamericano de los libros que entraban de forma clandestina ni hoy el del doblaje de las películas de Disney. “El texto del traductor parece disfrutar de menos derechos que el del escritor”, dice Fortea. “Si queremos mantener la riqueza del español, luchar contra la globalización y contra el imperio del inglés, tenemos que valorar las variedades de nuestra lengua”, añade la traductora Elia Maqueda.

La versión del Ulises de Joyce que coordina Eduardo Lago pone en valor esa riqueza. Va a sumar a las traducciones ya existentes —dos en español peninsular y dos en argentino— una panhispánica para ofrecer “una especie de crisol de encuentro de todas las variedades del español”. “Ahora mismo hay 23, incluida la de Estados Unidos, que es resultado de todas las jergas nacionales que se hablan allí”, explica el autor. Lo que va a hacer es dividir el libro en 23 fragmentos, entregárselos a jóvenes de los 23 países de habla hispana para que el idioma aflore de manera democrática.

“No creo que el español de toda Latino­américa pueda neutralizarse; para que eso ocurra, habría que borrar identidades, sabores, historia y absolutamente todo lo que enriquece e identifica una lengua”, señala Wendy Guerra. La escritora ha participado en la traducción de Breve historia de siete asesinatos, un libro sobre el intento de acabar con la vida de Bob Marley en 1975 que Malpaso encargó a Javier Calvo. Escrito por el autor jamaicano Marlon James, la editorial entendió, tras recibir la primera versión, que lo mejor que podía hacer para respetar el original, mezcla del inglés y del inglés criollo que se habla en Jamaica, era encargarle a Guerra la reescritura del patois. “Nos dimos cuenta de que se perdía el aire tropical de los diálogos jamaicanos”, dice el editor Malcolm Otero. Pero Guerra es cubana, no jamaicana, y hay quien ha entendido que la traducción es una traición al original. “Las cosas en el arte no tienen que ser tan (…) tiesas, esta es una intervención de una caribeña dentro de un libro también caribeño”, defiende la escritora.

Breve historia de siete asesinatos representa un caso singular en las traducciones desde el inglés, el emperador del mundo, que como tal está dejando un rastro evidente también en el español y que, según Calvo, “hace que nos estemos perdiendo una gran variedad de experiencias culturales y literarias para acabar leyendo siempre a los mismos”. En el ensayo sobre el oficio El fantasma en el libro define esa dominación —que aceptamos con la ayuda del periodismo y la crítica— como “darwinismo económico”. El autor explica que la primera razón de que la mitad de las conversiones de idiomas extranjeros al español sean desde el inglés tiene que ver con la facilidad del editor de dar salida a libros firmados por autores como Philip Roth, Paul Auster, Jonathan Franzen o Martin Amis. Y alerta de sus consecuencias: “Cuando se traduce del inglés (…), casi siempre se dejan calcos y residuos del original porque el anglicismo se considera más moderno y sofisticado. (…). Se suele importar bastante vocabulario y se copian muchos giros sintácticos y expresiones”. Él cita Internet, hispter, brunch, empoderamiento…, y Martínez de Albornoz añade una expresión que le irrita: “Dame un respiro”, del give me a break.

“Nunca me traduciría a mí mismo”, dice Cees Nooteboom. “Cuando escribo en holandés, toco el órgano con todos sus registros. Cuando escribo en inglés, solo puedo tocar la guitarra. Es lo suficientemente difícil, pero prefiero el órgano”. En el extremo contrario está Atxaga, que vierte sus libros desde el euskera con la ayuda de su mujer, la traductora Asun Garikano. ¿No se fía de terceros? “Me fío plenamente de mis traductores a otros idiomas. Pero con el castellano ... Tengo una idea absoluta de cuál es mi léxico y a veces aprovecho para reescribir”, confiesa. “Como autor tienes la libertad que no tiene el traductor, que suele estar a merced del editor y del escritor”.

Günter Grass reunía a sus traductores en una casa en el bosque para contarles cada nuevo libro. Era su forma de controlar la traducción y evitar disgustos como el que se llevó Milan Kundera cuando descubrió lo que habían hecho con La broma en los idiomas que él dominaba. Habían ornamentado su estilo, cortado pasajes e incluso traducido el checo sin saber checo. “¿Cómo lo hizo?”, ha contado que preguntó al intérprete. “Con el corazón”, le respondió. Quien dice corazón dice francés.

El día que el lector sufra como el autor por estas prácticas, el día que pida en la librería lo último de Gallego, Gómez o Sáenz como pide lo último de Franzen, Auster o Le Carré, la traducción habrá ganado su batalla. He aquí una paradoja. Hoy hay millones de hispanohablantes pendientes de una mujer, pero no conocen su nombre. Se llama Gemma Rovira y le tocó la lotería de traducir la saga de Harry Potter. Su último trabajo verá la luz el 28 de septiembre.

(Maribel Marín, Babelia, El País)

'Finnegans Wake'. En torno a Joyce y otros demonios

Eduardo Lago coordinará una traducción panhispánica de Ulises bajo los auspicios del Instituto Caro y Cuervo

No hay obra que alcance las cotas de inaccesibilidad, ilegibilidad e intraducibilidad de 'Finnegans Wake', que acaba de ser vertida al español completa por primera vez

En cuestiones de traducción literaria, uno de los casos límite es sin duda el de James Joyce. Obras tempranas como Dublineses y El retrato del artista adolescente no suponen un reto mayor, salvo la necesidad de preservar las cualidades musicales, a veces asombrosamente elusivas, de la prosa. Por el contrario, el nivel de dificultad que presenta el Ulises raya en el paroxismo. La cuestión es problemática: hay obras cuya universalidad, manifiesta desde el momento mismo de su aparición, hace necesario su traslado urgente a otras lenguas. Fue el caso del Quijote y, cuatro siglos después, del Ulises.

En cuanto al libro de Joyce, su extraordinaria dificultad arroja sobre ella el estigma de que estamos ante una obra no ya ilegible, sino virtualmente intraducible, juicio desmentido por el hecho de que no hay lengua literaria en el planeta a la que no se haya vertido el Ulises. Dos hechos que resaltar aquí: la necesidad de la traducción como operación cultural pesa más que su imposibilidad, supuesta o real.

En segundo lugar, el hecho de que ciertas obras literarias resulten inaccesibles para un número ingente de lectores no disminuye un ápice su importancia. Tampoco está al alcance de la inmensa mayoría de la población entender el lenguaje especializado de la ciencia, lo cual no impide que dependamos de los avances que se dan en campos como la medicina o la astrofísica. El gusto no desempeña aquí papel alguno (incluso Borges o Cervantes tienen sus detractores), la cuestión es otra. Como ocurre con ciertas manifestaciones artísticas o musicales, la considerable complejidad de un artefacto textual como el Ulises exige un elevado nivel de adiestramiento por parte de quien aspire a su disfrute estético. Por otra parte, la dificultad inherente a ciertas obras literarias hace que resulte a veces inútil trasladarlas a otro idioma.

Paradójicamente, la calidad de la traducción no es un factor determinante. Hay veces (ocurrió con las primeras traducciones de Faulkner al castellano, la mayoría de un nivel ínfimo) en que la torpeza del traductor no logra destruir por completo la fuerza y belleza del original, que el lector llega a vislumbrar. En otros casos, el problema es casi el contrario. Algunos autores fundamentales en su ámbito lingüístico originario no logran llegar a los lectores en otro idioma ni siquiera cuando están bien traducidos. Es el caso de las versiones inglesas de los esperpentos de Valle-Inclán o Paradiso, la magistral novela de Lezama Lima. Lo idiosincrático de la lengua literaria empleada por sus autores convierte a estas obras en objetos culturalmente intransferibles, fuera incluso del alcance de los lectores más cultos. La excelente traducción de Paradiso al inglés, realizada por Gregory Rabassa, no ha hecho mella alguna en el ámbito cultural anglosajón, al contrario que sus traducciones de García Márquez. Con algunos escritores norteamericanos contemporáneos clave, como Thomas Pynchon o David Foster Wallace, la cuestión puede llegar a alcanzar considerables niveles de complejidad. La traducción de algunas obras de estos y otros autores se aleja en ocasiones tanto de la textura del original que lo que tiene el lector en sus manos es otro libro, no solo muy inferior, sino distinto (recuerdo cierta versión atroz de La subasta del lote 49, de Pynchon).

El aura de prestigio que rodea a algunos autores (el caso de Foster Wallace, cuya tragedia personal ha hecho de él una figura mítica, es particularmente relevante) minimiza el hecho de que la traducción al español de algunas de sus obras sea deficiente.

Por lo que a inaccesibilidad, ilegibilidad e intraducibilidad se refiere, no hay obra que alcance las cotas de Finnegans Wake, a la que Joyce dedicó 17 años, casi hasta el final de su vida. Este texto ejemplifica una circunstancia que se da en torno a ciertas obras notorias por su dificultad. La fascinación por su carácter hermético las convierte en objetos de veneración. Hay webs dedicadas a los textos más oscuros de Pynchon, Foster Wallace y Joyce, entre otros. La paradoja aquí es de otro signo: más que de leerlos, se trata de preservar el aura de misterio que envuelve a los textos. Más paradojas: pese a ser intraducible, hay versiones de Finnegans Wake en francés, turco, alemán, griego, coreano, polaco, portugués, holandés, chino y, muy recientemente, en español (obra del argentino Marcelo Zabaloy).

En el mundo hay tan solo un libro más inaccesible, ilegible, intraducible y, por tanto, más enigmático y fascinante aún que Finnegans Wake: el códice Voynich, solo que queda fuera de los márgenes de lo que entendemos por literatura, ya que los caracteres que integran su texto no corresponden a ningún idioma conocido. Cuando salga a la venta clonado por Siloé, se venderá al precio medio de 7.500 euros el ejemplar, lo cual le confiere un sesgo distinto al término inaccesible. Teniendo en cuenta que no se sabe si los signos textuales corresponden a algún lenguaje natural o inventado, no es posible leerlo ni traducirlo. Quien se pueda permitir su adquisición (numerosas bibliotecas se han mostrado interesadas), se tendrá que conformar con contemplarlo.

(Eduardo Lago, Babelia, El País)

Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires (FILBA). La vida de un festival

Esta semana, en la librería Eterna Cadencia, se juntaron algunos de los organizadores del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires (FILBA) para hacer el anuncio formal de la programación de este año. El festival va por su octava edición y todos los años crece un poquito, incorpora un mayor número de autores y actividades, y en medio de la charla de presentación Gabriela Adamo planteó una aporía interesante: ¿hasta cuánto conviene dejar crecer a un festival? La respuesta no es de sencilla elucidación, porque no necesariamente un festival gigante es un festival bueno o productivo. Supongo que hay un límite muy fino respecto de lo que un festival estándar de una ciudad estándar puede ofrecer; rebalsarlo sería arruinarlo pero no llegar a ese límite sería insuficiente.

Volviendo a la presentación, el programa de este año va a estar vertebrado por el concepto del cuerpo y María Moreno va a ser la encargada de impartir la conferencia inaugural, que promete, con el nombre de “El cuerpo argentino”. De las visitas internacionales, que van a ser 18, hay varios para ir a escuchar, como el inglés Irvine Welsh (el autor de Trainspotting , para más datos, la novela llevada al cine, que llegó a nuestro idioma en una traducción rasposa, atiborrada de slang ibérico); Rafael Gumucio, escritor chileno, figura popular y de culto en su país no sólo por sus libros sino por su ya longeva participación constante en la radio y la televisión; Mario Bellatin, mexicano, escritor raro e intenso, que ya vino varias veces a Buenos Aires pero que siempre está inventando algún proyecto, uno de esos proyectos que parecen casi impracticables pero que Bellatin ejecuta con una naturalidad admirable; Marta Sanz, española, ganadora del Premio Herralde de Novela con Farándula , que va a llegar a las librerías el mes que viene; y los franceses Paul Fournel y Valerie Beaudoin, del grupo Oulipo, que van a hacer una serie de intervenciones oulipianas y a presentar un libro que publica Caja Negra.

Por lo demás, hace ya algunos años que estamos asistiendo a una evidente festivalización de la literatura. Los festivales globalizan, en el sentido de que hacen el trabajo trasnacional que las editoriales apenas pueden o quieren hacer. Piglia enunció en algún momento una frase paradigmática en ese sentido: “hoy viajan los escritores, pero no los libros”. Una de las claves de los festivales, entonces, es el trabajo conjunto entre organización y casas editoriales nacionales, para que al menos se publiquen en esos países los libros de los escritores que van a viajar. Por otra parte, los festivales son también un elemento más en la oferta turístico-cultural de las ciudades. El Hay Festival, pionero en esta tendencia, se hace por esta razón en ciudades alternativas como Querétaro, Segovia, Kells (Irlanda) o Arequipa. Como dijo Alan Pauls en una entrevista, “el siglo XXI es la turistización de todas las experiencias humanas. Un festival es para que la gente que va a Toledo, que ya están hartos de los acueductos, puedan ver a Paul Auster. No hay otra razón. Después los escritores usamos eso para conocer a otros escritores, para charlar”.

-Chef’s Table. Contar el cuento.

Lo desconozco todo del mundo de la alta gastronomía, un mundo que está visiblemente de moda, y sin embargo he visto todos los capítulos de las dos temporadas de Chef´s Table (Netflix) y luego de verlos siento que entiendo. La gracia de estos documentales es al mismo tiempo narrativa y estética: cuentan siempre un cuentito –la vida de un chef, desde chico hasta que llega a ocupar el lugar que ocupa en el star system del planeta cuisine , al modo de los perfiles o retratos textuales– y lo hacen con recursos estéticos de enorme elegancia y efectividad visual. Dicen los entendidos que muchas veces los cocineros que son retratados en la serie documental fraguan el relato, se inventan un puñado de hitos dramáticos para las cámaras de Netflix. Es posible, pero no importa. En cualquier tipo de construcción narrativa, la “verdad” se puede relativizar para generar efectos emocionales o estéticos, pero ese un largo debate que excede estas líneas. La dificultad de los productores y creadores de esta serie debe estar, infiero, en la elección de los personajes. ¿Basta con buscar la lista de los 10 primeros restaurantes del mundo y ya tenemos allí diez personajes? La respuesta es no. Una cocina prodigiosa no garantiza una persona fascinante detrás. El caso de Francis Mallmann lo verifica: su relato es inolvidable y sus restaurantes no aspiran a mayor trascendencia.

(Mauro Libertella, Revista Ñ, Clarín)

Vidas y vías de Michel Butor (1926-2016)

Breve celebración del autor de "La modificación", que falleció el 24 de agosto en Alta Saboya, Francia

La novela más conocida de Michel Butor –La modificación– pertenece a una época –los años 50– en que la literatura aspiraba a una densidad de la que hoy por poco se avergüenza. Butor cayó bajo el paraguas llamado nouveau roman, una etiqueta común para frutos de muy distinta especie: Alain Robbe-Grillet, Marguerite Duras, Robert Pinget, Nathalie Sarraute, Claude Simon, Samuel Beckett. Menos cómico que Beckett, más apresable que Pinget, más antojadizo que Simon, Butor era con Sarraute de los miembros más sigilosos de esa división de tímidos audaces que publicaba en Editions de Minuit, bajo el estricto escrutinio de uno de los editores más notables del siglo pasado, Jérôme Lindon.

Los de Butor eran experimentos controlados –en este sentido, ya algunos de sus índices son elocuentes– y lo que buscaba, al igual que Burroughs o Arno Schmidt en otros terrenos, era que el muro que dinamitaba por medio de sus procedimientos no cayera sobre la realidad sino del lado de la obra. En La modificación, el lector es el protagonista obligado: a él se dirige el narrador, que lo describe y lo crea, lo arma y lo rearma. Butor parecía creer que casi todas las novelas tendrían que tener para su autor una cualidad alucinatoria. Sobre la obra del pintor y poeta Christian Dotremont apuntó: “En la nieve se ve muy bien cómo el trayecto puede convertirse en escritura: puedes trazar palabras con el dedo, un bastón, o simplemente caminando.” Butor entendía la página en blanco de frente y de dorso, y en sus capas intermedias. (El arte nunca estuvo lejos de su mano, como exégeta y como practicante). Acaso por eso es que fue un crítico fenomenal. En su repertorio cupieron Victor Hugo, Verne y Roussel, pero también Donne, Pound y Joyce, cada uno apreciado en sus cuádruples fondos, y Butor evidenció que un gran crítico desmiente con sus textos el segundo lugar que le atribuye a la crítica con respecto a la ficción. Por nobleza es injusto con su oficio, y por delicadeza no puede evitar contradecirse.

Quizá alcance como muestra el modo en que abre el telón de su libro sobre un sueño de Baudelaire: “Un lenguaje del que no tiene la llave. Un lenguaje del que nos provee las llaves. Despleguemos uno por uno, lentamente, los dedos de esta mano que se cierra sobre su tesoro”. Y el modo en que 200 páginas más tarde hace caer el telón: “Algunos estimarán que tal vez, al querer hablar de Baudelaire, no conseguí más que hablar de mí mismo. Mejor valdría decir que es Baudelaire el que habló de mí. Habla de ustedes”. Un “móvil perpetuo” es un objeto que atraía a Butor y que ilustra fielmente su incesante indagación. Bastaba un sueño ajeno para ponerlo en movimiento durante años, y su trabajo de narrador y de lector insinúa que podría definirse el lugar del escritor de ese modo: aquel que no debería detenerse –conformarse– nunca.

Según Butor, la diferencia de cada libro –sus “cosas raras”– provenían de tres lugares: la infancia, la noche y el silencio. Buscó la singularidad hasta volverse irreconocible. (En una ficción en la que no creía este autodenominado “célebre desconocido” era la ficción del reconocimiento). Sus libros tienen ahora todo el tiempo del mundo para que un lector real sea el que se dirija a ellos. Permanecerán inseparables de las sucesivas barbas de Butor, de sus jardineros a medida, de sus chalecos de relojero. También así se tocan vida y obra, y se vuelven una: en los pulóveres de cuello alto de Beckett, en las poleras negras de Robbe-Grillet, en las poleras blancas de Foucault. ¿Tanto frío hizo en Francia a mediados del siglo veinte?

(Matías Serra Bradford, Revista Ñ, Clarín)

Lorca era una galaxia

El próximo jueves 18 se cumplen 80 años del fusilamiento en Granada del autor de 'Bodas de sangre'. Diez especialistas en su obra retratan a este escritor poliédrico y universal

- Mito (Agustín Sánchez Vidal).

Lorca fue una leyenda en vida. Su obra sólo es un pálido reflejo del aura que irradiaba el personaje. Él mismo tenía un fuerte sentido del mito, un certero instinto para acuñarlo. Y son esas raíces primigenias las que lo hacen tan universal. Buñuel y Dalí, que le reprocharon su “costumbrismo”, no calibraron ese entramado que subyace bajo el fulgor de las metáforas, ni el pasadizo hacia la modernidad inaugurado por el ciclo neoyorquino.

El asesinato hizo cerrar filas en torno a su memoria a séniors como Antonio Machado, a sus compañeros de la generación de 1927 o a sucesores como Miguel Hernández, quien tenía en la celda donde murió un ejemplar del Romancero gitano.

El mito no dejó de crecer. Cuando el presidente Eisenhower visitó España en diciembre de 1959, en su entrevista con Franco puso el nombre de Lorca sobre la mesa. Le informó del manifiesto publicado por intelectuales estadounidenses, acusándolo de tender la mano a los asesinos del poeta. El Caudillo atribuyó su muerte a incontrolados, y el primer mandatario norteamericano lo dejó en evidencia indicándole detalles muy precisos, proporcionados por sus servicios secretos. A las dos décadas de su fusilamiento, ya era una cuestión de Estado.

- Popular (Mario Hernández).

La obra entera de Federico García Lorca, del Romancero gitano a Bodas de sangre, Doña Rosita la soltera, Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, Seis poemas galegos o Diván del Tamarit, está atravesada por un profundo sentido de lo popular español, que atiende tanto a saberes, creencias y sentimientos como al modo de celebración de la vida (y la muerte) en las manifestaciones folclóricas de toda la Península. Su maestro de elección, Manuel de Falla, alabó públicamente su condición de folclorista y musicólogo, y esa vertiente le sitúa en la estela de poetas como Juan del Encina, Lope de Vega o Luis de Góngora, incluida su rica variedad de registros. Lorca es, a su vez, como los tres, un poeta capaz de expresarse en formas líricas o dramáticas, dentro de una tradición literaria que, sin desconexión con la cultura europea, trata de dar voz a anhelos colectivos. Esa raíz popular aparece en él quintaesenciada, transgredida, refinadamente transfigurada. ‘La casada infiel’, por ejemplo, no es una celebración machista de un don Juan gitano, sino la versión lírica y exquisitamente irónica de la narración originaria. Lorca es, en definitiva, un poeta siempre consciente y culto, capaz de renovar una voz anónima de siglos.

- Moderno (Luis García Montero).

García Lorca fue un moderno. A principios del siglo XX, se sumó en Granada a la rebelión de las provincias para regenerar España con maestros como Fernando de los Ríos y Manuel de Falla. Fue también un moderno cuando llegó a la Residencia de Estudiantes en 1919 y buscó a Juan Ramón Jiménez. Pronto abandonó la elocuencia sentimental para ensayar la síntesis de las canciones y el poder conceptual de los versos. Fue moderno al comprender el valor de las metáforas ultraístas y al acompañar a Salvador Dalí en su paso del cubismo al surrealismo, un viaje que Lorca caracterizó con las etapas de la imaginación, la inspiración y la evasión. Por si fuese poco viajó en 1929 a Nueva York, leyó a Whitman y a Eliot y sintió de manera muy personal la deriva al vacío de la civilización contemporánea. Quizá por esto colocó a Garcilaso y san Juan de la Cruz sobre la tierra baldía, porque dudó del camino lineal que se llama progreso y quiso habitar un presente perpetuo o un eterno retorno en el que actualizar el pasado. No es raro que buscase en su último libro, Diván del Tamarit, un abrazo entre los aires clásicos y la expresión radicalizada.

- Flamenco (Pedro G. Romero).

Su mitología del cante estaba llena de errores y mixtificaciones, pero la poiesis, el modo de hacer eran jondos, puro flamenco. Lorca merece estar en cualquier antología flamenca junto a La Niña de los Peines, su contemporánea. Por ejemplo, el concurso de Granada de 1922 fue un fiasco artístico y un éxito publicitario. Falla abandonó el género por los clásicos castellanos, pero los flamencos se lanzaron como locos a la propaganda intelectual. Y es que Lorca inventó un público y una manera de entender el flamenco desde la cultura europea, lo “puro” debía más al purismo de Le Corbusier que a la impostura primitivista del cante. Es verdad que muchas veces lo que consideramos lorquismo es ajeno a Lorca. Pensemos, por ejemplo, en cómo ignoró a Carmen Amaya, que tan bien vendría a su tópico, y alabó a La Argentinita. Lorca es un efecto, una manera de enfocar. Por ejemplo, para el situacionista Debord el Romancero gitano era digno de Villon, el poeta delincuente. Su homosexualidad y su asesinato cierran su topología flamenca. Lorca es ajeno a cualquier binarismo —hombre/mujer, gitano/payo, humano/animal— y se diría que es flamenco como ahora se dice queer, maricón, un calificativo despectivo tomado como bandera. Así, escuchamos a Shostakóvich con textos de Lorca y nos parecen flamencos. ¡Dios!, qué bien entendía a Lorca el cante, el decir de Enrique Morente.

- Dramático (Lluís Pasqual).

El teatro para Federico García Lorca fue siempre “la máscara” —el yo que adoptamos para relacionarnos con los demás— convertida en arte. A la que había que dominar y contra la que había que luchar. Lo intuyó desde niño cuando oficiaba ceremonias teatrales en forma de misa para las mujeres de la casa. Luego vendrían los títeres y más tarde las pequeñas funciones en la entrada de la Huerta de San Vicente. Después se apropió de la forma del teatro (como de tantas otras formas para salirse de sí mismo) con el acercamiento de los tímidos, buscando el antídoto contra la angustia de la soledad. El teatro es un espacio para compartir siempre con “otro”. Con el público por su misma naturaleza, y también con los compañeros de aventura en los ensayos que preparan ese encuentro, ya sea en Granada, en el Teatro Español o en cualquier pueblo de España de gira con La Barraca. El hombre de teatro, y Federico lo era, necesita siempre a los demás. Todos los personajes de Lorca están solos, desde Yerma hasta el director de El público. Y alivian su soledad compartiéndola con nosotros mientras, en un juego de espejos, nosotros atemperamos la nuestra. La soledad de Federico y la nuestra aliviándose en una caricia mutua están en la raíz de su teatro.

- Dibujante (Juan Manuel Bonet).

Federico García Lorca lo tocó todo, y todo con duende: alhambrismo, Góngora, Galicia esencial, teatro propio y ajeno, cante jondo, piano, Nueva York y Walt Whitman, casi cine (con Emilio Amero), Cuba, Buenos Aires… Pero ahora toca recordar su voluntad de plástica. Con Apollinaire podía haber dicho aquello de “Y yo también soy pintor”. Esa vocación nace con sus deliciosos decorados para sus teatrillos, todavía en una Granada fallesca donde comparte afanes con Manuel Ángeles Ortiz, Ismael González de la Serna y Hermenegildo Lanz. Se afianza en Madrid, con Barradas, Maroto, Moreno Villa y Alberti —estos dos, siempre dobles militantes—, y naturalmente Dalí. Un faro: el álbum Dessins de Cocteau (1923). Lástima que no saliera el que planeaba con los suyos. En la Barcelona de 1927 enseñó algunos Josep Dalmau, inigualable cazador de talentos. Del año siguiente es la conferencia —con proyecciones— Sketch de la pintura moderna. En 1929 participa, siempre allá, en una colectiva en la Casa de los Tiros. Dibujos los suyos llenos de encanto y espanto, entre lo infantil, lo popular y lo surreal. Dibujos —preciosos los que hizo para plaquettes del argentino Molinari y el mexicano Novo— que son otra tesela del impar mosaico FGL.

- Cinéfilo (Román Gubern).

La generación del 27, coetánea del cine, vivió un idilio con su dinamismo y poética visual. García Lorca manifestó su querencia con su pieza El paseo de Buster Keaton, escrita en julio de 1925 pero publicada en abril de 1928, que, a través de su tímido protagonista, contiene muchas alusiones crípticas a su homosexualidad. Y en septiembre de 1928 escribió La muerte de la madre de Charlot (recién acaecida en California), en la que feminizó al cómico, llamándole “corazón de señorita (…) y del rubor de novia. Cursi. Bello. Femenino. Astronómico”, aunque el texto quedó inédito. Y en el intervalo de la quinta sesión del Cineclub Español que fundó Buñuel, en abril de 1929, recitó su Oda a Salvador Dalí, cuando su amado pintor había desplazado su afecto hacia el cineasta aragonés. Se sintió aludido peyorativamente por Un perro andaluz y al llegar a Nueva York en 1929 escribió como probable réplica el guion de Viaje a la Luna —recuperado en 1989—, rico en imaginería críptica, violenta y erótica, probablemente para emular y polemizar con sus amigos de la Residencia de Estudiantes. Fue llevado a la pantalla por el pintor Frederic Amat en 1998 con elegantes efectos cromáticos y digitales.

- Americano (Reina Roffé).

Uno de los tramos más fulgurantes en la vida de Lorca fue su travesía cultural por América. Cada lugar (Estados Unidos, Cuba, Argentina, Uruguay) le reportó algún tipo de satisfacción profesional y una idea más universal del arte, permitiéndole descreer de las fronteras políticas y sentirse “hombre del mundo y hermano de todos”. Pero fue en su viaje a Río de la Plata donde experimentó todo aquello con lo que sueña un escritor: reconocimiento de sus pares, admiración popular e independencia económica.

Entre Buenos Aires y el poeta se tiende una doble vía por donde discurre la mirada enamorada de Lorca hacia la ciudad porteña y la apropiación amorosa del granadino por parte de Argentina, que, desde hace 80 años, no cesa de rendirle homenajes y de representar sus obras.

El éxito que obtiene con Bodas de sangre y las dos ediciones que Victoria Ocampo realiza del Romancero gitano le parecen acontecimientos significativos y se suman a la publicación de sus versos prohibidos, la ‘Oda a Walt Whitman’, que el escritor y embajador mexicano Alfonso Reyes le entrega durante su escala en Brasil. Lorca siente que allí, en Río de la Plata, tiene un público devoto, pero sobre todo abierto, que se vuelca a las propuestas más atrevidas. Esa América que le hizo tomar conciencia directa sobre la relevancia de una lengua con tantos hablantes, y sobre la existencia de un continente de acogida en un mundo que ya anticipaba la brutalidad de los fusiles.

- Universal (Laura García Lorca).

Según mi experiencia, es en lo concreto de las respuestas individuales donde se encuentra la traducción de la idea confusa de “universalidad”. No deja de asombrarme la gratitud y la alegría de las respuestas, siempre, a la llamada de Lorca. Su empeño en hacer llegar el conocimiento y el arte a todos lados, como escribió en su citadísima Alocución al pueblo de Fuentevaqueros sobre la importancia de los libros, y también en la práctica real de llevar el teatro a lugares donde no había llegado nunca, se ha producido con su propia obra. Ha llegado a todas partes.

Que Poeta en Nueva York se publicara en esa ciudad por primera vez en 1940, acabó por tener una influencia real en autores de lengua inglesa tan diversos como Jack Spicer, Philip Levine, Allen Ginsberg, Derek Walcott, Patti Smith, Jim Harrison, John Giorno, Nicole Krauss, James Salter, Hanif Kureishi y Leonard Cohen, por nombrar sólo a unos cuantos que se han reconocido en la obra de García Lorca.

El poeta chino Bei Dao cuenta la importancia que tuvo el hecho de que cayera en manos de un grupo de jóvenes disidentes de la dictadura de Mao una antología de Lorca hecha al final de los años veinte por un poeta chino que pasó por Madrid cuando iba a conocer a los surrealistas en París. Puede que fuera la primera traducción de la obra de García Lorca. El libro estuvo prohibido y cobró una especial importancia en ese grupo de intelectuales y artistas, convirtiéndose la palabra “verde” del Romance sonámbulo en un símbolo de libertad.

Recientemente, han formado parte de un proyecto interrumpido nada más arrancar Umberto Pasti (italiano afincado en Marruecos), el brasileño Bernardo Carvalho, Romesh Gunesekera (Sri Lanka), Fleur Jaeggy (Suiza), Adam Zagajewski (Polonia), Ida Vitale (Uruguay) y Anne Carson (EE UU). Esta lista puede ser larguísima y no se limita a escritores, sino que se abre a artistas visuales, músicos, estudiosos, etcétera.

“Porque yo no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja, pero sí un pulso herido que sonda las cosas del otro lado”.

- Muerto (Ian Gibson).

“Se le vio caminar…”. Antonio Machado había seguido con asombro y regocijo la fulgurante carrera de Federico García Lorca desde su primer encuentro en Baeza en 1916. Diecisiete años más tarde salió conmovido de Bodas de sangre y le felicitó en una breve nota. Sabía —lo dice en su famosa elegía— que la muerte daba el hielo al estro del granadino. Por ello hace que le acompañe en su paseo final y escuche, atenta, su requiebro.

El túmulo a García Lorca en la Alhambra que pedía Machado no se ha labrado. Tampoco hay abajo, en la ciudad, calle principal o plaza con su nombre, lo cual constituye casi una excepción nacional. El Ayuntamiento del Partido Popular solo quitó el monumento a José Antonio Primo de Rivera en el último momento, requerido por la ley. Y todavía, 80 años después del crimen, no sabemos dónde están los restos del desaparecido más famoso y más llorado del mundo, máximo símbolo del horror de la represión fascista y de los más de 100.000 víctimas que, para vergüenza de España, aún yacen en cunetas y fosas comunes.

¿Fueron trasladados a los pocos días por los sublevados —conscientes del magno “error” cometido— a un paradero secreto? ¿Podría ser cierto, como se rumorea a menudo en Granada, que el régimen de Franco los exhumara en una fecha posterior? ¿Aparecieron en 1986, cuando la Diputación Provincial vallaba el parque de Alfacar que lleva el nombre del poeta, y se ocultaron ilegalmente en otro rincón del paraje? Me parece que no es bueno para nadie que persistan tantas preguntas, tanta incertidumbre. Muchos de los que estamos en deuda con García Lorca, el hombre y su obra, queremos saber por una vez dónde, exactamente, descansan sus despojos mortales. Ojalá haya pronto noticias.

(Babelia, El País)

Entrevista a Raúl Zurita, el poeta que sabe decir

De impresionante trayectoria poética y vital, se presenta en Buenos Aires el mítico y multipremiado autor de “Purgatorio” y “Anteparaíso”

El mayor poeta chileno vivo –si no fuera porque Nicanor Parra padece de una rara especie de inmortalidad– entra a un aula vacía con una delgada valija de hebillas, escolar. La clase tiene aspecto de anfiteatro y está ubicada en el barrio República de Santiago de Chile, en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Diego Portales, donde el poeta es profesor. En la valija de cuero hay lugar de sobra para papeles sueltos y es un puñado de páginas impresas las que saca Raúl Zurita para leer en voz alta. Un gran ventanal hace con la luz de la mañana el trabajo que le es requerido y la acústica empinada hace el resto. Zurita está ensayando junto a la banda de rock González y los Asistentes –con quienes “toca” hace unos seis años– para la lectura que hará esta semana en el CC Matta de Buenos Aires.

Escuchándolo en vivo, no sorprende que Chile perdure heroicamente como el único país en el que ser poeta tiene una relevancia mayor a la de ser novelista. Y una exigencia casi imprescindible para asumir ese rol es la destreza de leer en público. Con la facilidad que han demostrado los poetas chilenos –recordemos a Gabriela Mistral y Pablo Neruda– para birlarles el Nobel de Literatura a narradores de todas las latitudes, no debería sorprender que Zurita fuera el galardonado este año, o el próximo. Para ello, la potencia de sus líneas no necesita que la apuntale su temática violenta y oscura, propicia para un premio internacional, o los elogios que recibió del poeta estadounidense John Ashbery y Roberto Bolaño, que a su vez en Estrella distante no se privó de mofarse de sus escrituras en el cielo. Amigo de lo implícito y de la paradoja lacerante, ante las bromas Zurita recuerda: “Si no era por su visita a Chile, Borges ganaba el Nobel”. Y acto seguido se declara “argentófilo”: carnívoro, fanático de Buenos Aires, el tango, Edmundo Rivero, y la samba.

El golpe de Pinochet en 1973 sorprendió a Zurita camino a la universidad, y fue torturado desde esa misma mañana y durante casi un mes en un barco, junto a otros 800 detenidos. Años después, en 1979, publicaría su primer libro, Purgatorio , con el impulso cómplice del poeta Enrique Lihn. En 1982 lo siguió Anteparaíso y en 1985 Canto a su amor desaparecido . Tres libros bastaron para inscribir un nombre nuevo en el pródigo panteón de la poesía chilena. En el 2000, año de la publicación de El día más blanco, excepcional libro de horas pasadas, recibió el Premio Nacional de Literatura. Este año obtuvo el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda.

Lector devoto del Popol Vuh, poeta animista, Zurita sabe arremolinar naturaleza y clima en una frase, en la intemperie de una línea que ruegue por la siguiente: “Hasta que finalmente no haya cielo sino Desierto/ de Atacama y todos veamos entonces nuestras/ propias pampas fosforescentes carajas/ encumbrándose en el horizonte”. Sus poemas asoman al modo de promontorios a punto de desmoronarse, pero su fragilidad es aparente y han demostrado ser inamovibles. El Parkinson que sufre Zurita sólo parece ser otro obstáculo para probar su fortaleza, que si es osada no es ostentosa, y es incluso risueña. En otra época enfrentó el infortunio público con furia. Ahora encara el infortunio personal con una sonrisa de gato que desaparece detrás de una barba tupida.

– ¿Alguna vez pensó en un poeta con el que le hubiera gustado conversar y en qué le hubiera preguntado?

– Me habría gustado conversar con Neruda. Le habría hablado sobre esa parte de su obra, después de Canto General, que es completamente retórica. Era un genio totalmente instalado en el lenguaje, y eso era parte de su grandeza y parte de un palabrerío insoportable. Son las dimensiones que manejaba las que me apasionaban. Hay poemas como “Galope muerto” y “Alturas de Macchu Picchu” que si no hubiera existido un Neruda nunca se habrían dicho.

– Si tuviera que nombrar a un maestro, ¿le saldría rápido?

– Decir que uno está influido por La Divina Comedia es de una presunción infinita, pero su construcción simétrica a mí me trastornó. A mí me han importado cosas mínimas, como una frase de Bob Dylan, o algo de él que traduje mal.

– Da la impresión de que la realidad chilena se le impuso a usted de una manera que no le permitió ocuparse de influencias literarias.

– Creo que la gran lucha que tiene un poeta joven es lo que se llama hacer una voz propia. Leía a Borges, sus “Two English Poems”, y después me ponía a escribir y me salía igual. Leía “Residencia en la tierra” de Neruda y me salía igual. Todo me salía igualito a lo último que leía. Me podía engañar por media hora y después sobrevenían abismos de angustia. Hasta que escribí algo que me pareció que sí, que ahí estaba la famosa voz propia. Y me di cuenta de que no hay nada menos propio que la voz propia. Es una voz que está ocupada por todos menos por ti.

– La palabra “inenarrable” aparece con frecuencia en su obra, y no sólo con relación a la historia de Chile.

– Lo inenarrable ocupa el lugar de los puntos suspensivos, y estos suelen ser atroces. Quieren cargarle al lector la emoción que el texto no crea. Uno lee: “Y siguió caminando…” y no pasó nada, pero con los puntos suspensivos adquiere una dimensión a lo Ingmar Bergman, ¿me entiendes?

– La mitificación de Chile que monta su poesía es fantástica en varios sentidos, y deja la clara impresión de que no hubiera podido ser el mismo poeta en otra parte.

– Es imposible pensar en otras circunstancias. Qué hubiera sido si no hubiera habido golpe de Estado. Qué habría sido si hubiera sido argentino. Creo que hay algo, que no tiene que ver conmigo sino con esa entelequia que puede llamarse la poesía chilena. Tal vez con su comienzo, con Alonso de Ercilla y ese poema que decía “Chile fértil provincia… de remotas naciones respetada”, y el lugar no figuraba ni en el mapa. Un tipo imaginó un país, en el lugar más remoto del mundo, donde no había nada. Siempre he creído que lo que se llama la poesía chilena son estos intentos más o menos colosales por disimular la mentira original de Ercilla. Nunca me he imaginado que la poesía chilena podía darse en la Argentina. La pampa es un fundamento sólido, y eso es para la novela, el ensayo, para un Borges, porque parte de bases sólidas, mientras que este territorio se desmembra, se parte en mil cosas, la cordillera se hunde en el Pacífico. Son sensaciones de profunda inestabilidad física.

El territorio chileno es de una fragilidad casi ontológica, que viene desde que un niño ve su mapa en la escuela. Esta franja es prácticamente un milagro de la naturaleza.

– Sus líneas avanzan como con una técnica de permutaciones, de sustantivos potentes que van rotando –témpano, rompiente, acantilado, etc.– y crean una poesía que es, por decirlo así, una fuerza más de la naturaleza.

– Lo que más me importa, por lo menos en lo que trato de hacer, es la fuerza, que tenga fuerza. Es lo que me importa, no digo que yo sea el modelo de eso que me importa. No me siento el modelo de las cosas que admiro. Para mí la naturaleza no está detenida, se me impone como torrentes. Y entonces he pensado: ¿dónde limita uno?, ¿llego hasta donde alcanza mi piel o hasta donde llega mi mirada?, ¿dónde termino yo y dónde comienza el paisaje?

– Además de la musicalidad que va encontrando con esas palabras que martillan, también hay una insistencia en ciertos nombres, el suyo, Zurita, y Chile, Andes, Atacama... como si quisiera obligarlos a ser musicales.

– Para mí tiene que haber un lugar. El que lee tiene que ver el poema y saber que está refiriéndose a algo, y ver la tensión entre eso que existe –el océano Pacífico– y el océano Pacífico que muestro. Hay algo que no soporto y es la poesía abstracta, que en el fondo apela a profundidades que no están en ninguna parte. El desierto es el desierto de Atacama. La cordillera es la cordillera de los Andes.

– Cuando está trabajando en un poema, ¿le da importancia a los accidentes fortuitos, propios de la composición?

– Depende qué se entienda por fortuitos. De pronto me encuentro con una canción, como la de Leonard Cohen, “Dance me to the end of love”, y eso me mató, me liquidó. Esas cosas me pueden pasar y me pasan, y creo que si no me hubieran pasado no habría escrito una puta línea.

– ¿Le parece que sus frecuentes lecturas públicas pudieron haber modificado en usted la idea de lo que es un verso aceptable o un verso malo?

– No. Yo leo solamente aquello con lo que soy capaz de colocarme en el momento en que lo estaba escribiendo. Lo que leo está fundamentalmente guiado por eso. No altero ni preparo un poema para ser leído.

– ¿Presiente que alguien embelesado ante la potencia de sus lecturas públicas puede llegar a creer que no es necesario pasar por la página?

– Entiendo, pero creo que es muy fácil saber cuándo una forma es declamatoria y está para surtir ese efecto, y cuándo una cosa viene de capas más profundas. A lo declamatorio lo detesto. Por eso no me gusta cómo leen poesía los actores, que son declamatorios e impostan sentimientos, a no ser Richard Burton o Gassman. En cambio, en la lectura en voz alta de la poesía tú puedes hacer cualquier cosa menos impostar. Si no te pasa nada con lo que estás leyendo, el asunto se jodió.

– A propósito, ¿cuán bien cree que conoce su trabajo?

– Las cosas más profundas no las conozco. Entre paréntesis, creo que el lenguaje es más inconsciente que consciente. La escritura es como el escenario de una lucha entre lo que tú quieres decir con la lengua y lo que la lengua quiere decir a través tuyo. Y creo que si se impone la voluntad del autor por sobre la voluntad de la lengua generalmente es un fracaso.

– Su estilo estuvo allí desde el principio y es de una notable fidelidad a sí mismo. ¿Sospecha que hubo alguna lectura que lo sacudió, que causó efectos en su escritura?

– No fue ninguno de los poetas denominados poetas. Fue Bob Dylan, y ha sido profundamente la música popular. La música boliviana por ejemplo, que es de una hondura, una desnudez de sentimientos, que me trastorna. La canción folclórica que nace como del momento en que se despega la lengua, el castellano, ese momento de quiebre.

– Ahora que habla de trastorno, usted se ha dejado perturbar por la traducción, ha encarado Hamlet y la Divina Comedia. ¿Es un trabajo que, por decirlo de alguna manera, hace para quebrar algo dentro suyo?

– Con Hamlet nunca entendía por qué decían que era tan extraordinario hasta que me pidieron que lo tradujera y ahí entendí su dimensión. Borges se reía de la traducción de Mitre de la Divina Comedia, pero no es para nada mala. Por mi parte, estoy en el final del Infierno pero esa traducción la tengo más o menos parada.

– Hablando del infierno, ¿le sigue diciendo algo la palabra “Pinochet”?

– Sí, desgraciadamente sí. Pinochet es el criminal que fue, tan criminal como otros, pero tiene un carácter simbólico, y eso es tal vez lo que lo particulariza. Creo que él fue el dictador de derecha más famoso de la segunda mitad del siglo XX. Una vez me pasó algo que no deja de ser significativo. Estaba en una universidad norteamericana y me presentan: “y fue encarcelado y torturado bajo el régimen del dictador argentino Augusto Pinochet”. Y me vinieron ganas de decir: pero no, es nuestro dictador, lo sufrimos nosotros. Está bien que la Argentina tenga el tango, Borges, el fútbol, pero Pinochet es nuestro. Tremendo.

– Al final de cuentas, Zurita, ¿cuál es la pregunta que más se hizo como poeta?

– La pregunta por los límites, los de tu pensamiento. Es decir, qué será aquello absolutamente impensable para lo cual ni siquiera tenemos una pregunta.

– Y hoy, ¿qué tipo de satisfacción le procuraría ver una retrospectiva de su obra?

– Todos los padecimientos se justifican por esa alegría infinita de haber hecho algo que crees que funciona, de haber juntado dos cosas que no estaban juntas. Pero una retrospectiva tiene una doble cara: es probable que muestre que has ganado prestigio pero que has perdido la vida. Alguna vez la vida y la obra se juntan y será seguramente en el último instante, el último segundo.

(Matias Serra Bradford, Revista Ñ, Clarín)

Raúl Zurita. Hacer del verso un hito de la naturaleza (Ariel Schettini)

Ariel Schettini es autor de 'El tesoro de la lengua'

Como el lector perfecto de Dante que es, Zurita aprendió de su maestro que no hay palabra de la liturgia evangélica religiosa que no se transforme inmediatamente en una palabra de la militancia política. También sabe que la palabra que se comparte, es decir la palabra común, es al mismo tiempo el valor más propio, el más personal y, como en La Divina Comedia , el más dialectal. El toscano de Dante, lengua inadmisible para la literatura de su época, se volvió, por el solo efecto de la creación, una lengua viable, creadora. Así trata Zurita su relación con la poesía: más interesado en conectarse mediante la palabra con la historia, con la tierra y la política, que en seguir las reglas de la composición.

Y, al mismo tiempo que se puede decir que su obra es dialectal, toda su poesía se puede leer desde el episodio traumático de la América Latina de los años setenta. En su caso personal, se trata del secuestro que sufrió bajo el régimen pinochetista y sus consecuencias. Y en muchos sentidos, toda su obra es el continuo soñar, despertar y volver a sumergirse en esa pesadilla del pasado de la que es superviviente, sólo en parte. En el mismo movimiento se puede nombrar su aliento épico y abarcador de la humanidad que lo conecta con el origen del humanismo: un hálito mesiánico nos hace mirarlo todo desde un más allá, desde una redención, desde un lugar magnífico, que conecta su obra con la de Kafka. Difícilmente veamos en la obra del hombre algo más que un insecto desesperado, que busca aferrarse a lo inmediato de su tierra. Por eso les habla e interroga a las “gentes de Hiroshima”, a los “trabajadores chilenos”, a los “pueblos de la tierra” con la pregunta del pasado perdido y del futuro soñado: “¿Qué es el paraíso?”. Y al mismo tiempo les da a esos interlocutores la coartada para pensar una respuesta: eso que está y que estamos buscando puede construirse, palabra por palabra, en la poesía. Como lo hizo Dante.

Su obra tiene un rasgo definitivo que lo acerca al trabajo de albañilería, al del soñador y el proyectista: se desarrolla como la construcción de un espacio real en el que se puede habitar. No se trata de una metáfora, ni de una exageración, sino de un plan de construcción de la poesía (del paraíso de la poesía) con los materiales disponibles: sueños, derrotas amorosas, narraciones de batallas perdidas, de naturaleza fosilizada e historia natural.

Si hubiera que definir la obra de Raúl Zurita con una sola palabra, esa palabra sería: desmesura. En ese mundo sin medida y sin coto donde ocurren las vidas, todo está salido de cuadro. El paisaje imposible, inabarcable, creado casi, son todas las posibilidades de la piedra, y allí viven unos hombres (ese hombre aturdido, solo, habitante de multitudes, callado y que grita) como abandonados por unas gracias que nunca fueron ni serán, pero que no por eso hacen que pierdan la fe.

Algunos de sus poemas están narrados en el ritmo ejemplar de una parábola –“Se hacía tarde cuando tomándome del hombro/me ordenó: /Anda y mátame a tu hijo”– y esa cadencia de lo magnífico se contrasta siempre con el paisaje espléndido de Chile y con la miseria latinoamericana. En ese contraste entre lo ínfimo mezquino del hombre y lo magno de la naturaleza aparece la poesía. Como para que el mundo se constituya y el Libro de los Libros se narre desde acá. El primer escritor latinoamericano, un chileno, Lacunza, fue el primero en volver a narrar la venida de Dios a esta tierra, y en esa huella milenarista escribe Zurita. En sus poemas el paisaje que aparece, el de Chile, no es el locus amoenus de la poesía de Neruda, no es ese lugar donde Neruda se acomoda, tranquilo, para reflexionar sobre el amor, el deseo o la soledad. Todo lo contrario, Chile se vuelve un paisaje con el cual el poema interactúa y dialoga constantemente. El paisaje es la amargura de la piedra, la irrupción indómita del relámpago, la sacudida inesperada de la montaña. El paisaje de Zurita reproduce la violencia entre los cuerpos de los habitantes. Se planta ahí para mostrar la aridez de las posibilidades, la promesa yerma de la tierra sembrada, el conflicto del trabajador que trata, a veces inútilmente, de hacer una mercancía de lo dado.

Por eso no sería justo decir que los poemas de Zurita son solamente intervenciones. A pesar de que una parte de su trabajo esté más allá de lo libresco de la poesía y aun de lo declamativo. Uno de sus poemas fue literalmente escrito en el cielo usando el sistema de chorro de humo, de modo que las letras fueron como nubes o espuma en aire. Otro es un poema cavado en la piedra del desierto de Atacama, que sólo se puede leer desde el aire (“sin pena ni miedo”, dice). Es porque su poesía tiene también ese valor, no es meramente informativa o expresiva. Aspira a encontrarse en ese valor de mojón, de hito plantado en la historia de la naturaleza, un más allá de la cultura, de la civilización. Para darle a la poesía ese lugar que, de acuerdo con Zurita, es el que la poesía debe ocupar: la intervención sobre el mundo y la vida.

(Revista Ñ, Clarín)

Witold Gombrowicz. Festejo para el escritor polaco que dejó fanáticos en la Argentina

Vino al país de paseo, en 1945, y se quedó 24 años. El martes habrá un evento con "formato televisivo" en su honor

La del escritor polaco Witold Gombrowiz es una de esas historias raras de la literatura del siglo XX, un siglo pródigo en excéntricos, marginales y desclasados. La historia oficial cuenta que Gombrowicz se tomó un barco de tranco lento desde Polonia hasta la Argentina, invitado por la embajada de su país para conocer este país remoto. Cuando llegó, en Europa había empezado formalmente la Segunda Guerra Mundial y entonces el escritor decidió quedarse unos días más, hasta que calmaran las aguas. Se quedó 24 años y cosechó fanáticos que aún siguen sus huellas: el martes harán, en un teatro y con la participación de actores, un evento que llamaron Contra los escritores y que promete tener "lenguaje televisivo".

Al principio vivió en condiciones muy precarias; no conocía el idioma, no conocía la ciudad, no conocía a nadie. Al tiempo hizo unos contactos en el Banco de Polonia y consiguió su primer trabajo fijo. Paralelamente, empezó a frecuentar los bares del centro porteño, de la Avenida de Mayo y de la Avenida Corrientes, y los escritores jóvenes de aquellos años, con los radares encendidos, detectaron su presencia. Fue amigo de muchos, pero generó sobre todo un grupo de fanáticos fieles, entre los que se puede mencionar a Jorge Rubén Vilela, Jorge Di Paola, Juan Carlos Gómez, Mariano Betelú y Miguel Grinberg (la memoria oral de ese grupo está narrada en el imprescindible Gombrowicz en Argentina).

Uno de los momentos claves de la literatura argentina de aquellos años fue la traducción al castellano de Ferdydurke, quizás su libro más emblemático, en los altos de la Confitería Rex. La traducción se hizo de modo grupal, entre escritores que no sabían polaco y un polaco que no sabía castellano y esa libertad y desparpajo parió un libro icónico, una de las traducciones más creativas de nuestra lengua. Gombrowicz hacía fundamentalmente eso: rompía el lenguaje solemne, agitaba, se reía de lo que era demasiado serio.

Cuando el polaco se subió al barco que lo llevaría de vuelta a Europa para nunca mas volver, sus amigos y alumnos lo acompañaron al puerto, en una procesión. Witoldo se subió al barco y desde la cubierta, mientra el barco salía a aguas abiertas, gritó su ultima frase argentina: “¡Maten a Borges!”.

Muchos años después, en este país que lo adoptó rápidamente como a un escritor argentino, su obra sigue teniendo efectos calientes. Y no se trata de que sus libros se lean en colegios, sino que hay un grupo de fieles que todavía hace cosas raras a partir de sus textos, como le hubiera gustado al maestro.

Desde el Grupo Heterónimos, organizadores del Congreso Gombrowicz, vienen “sacando al polaco a la calle”. El año pasado hicieron lecturas de un minuto de su obra y una performance en la UBA. Esta vez, el evento lleva el nombre de Contra los escritores, en un juego con la famosa conferencia de Witold “Contra los poetas”. Será un “evento cultural con formato de show televisivo”. Dado que el convite es en un teatro, los organizadores tuvieron que recaudar fondos. El objetivo: 30 mil pesos. Para eso hicieron un merchandising de colección, como medias y tazas térmicas y alcanzaron el objetivo en tiempo récord. Conducido por Patricio Barton y Maru Drozd, ahí mismo se va a lanzar también el libro El fantasma de Gombrowicz recorre la Argentina, que recopila 37 textos.

Los invitados serán Jorge Dorio, Diego Frenkel, Rep, Dalia Gutmann, José María Muscari, Eugenia Zicavo, Diego Golombek, Gonzalo Heredia, Rita Pauls y Felipe Pigna. Habrá videos, locución, actores, acomodadores. La mesa está servida. La cita es el martes a las 20:30 en el Teatro del Globo, Marcelo T. de Alvear 1155.

(Mauro Libertella, Revista Ñ, Clarín)

Enseñar a escribir, ¿puro cuento o realidad?

La apertura de una licenciatura en Artes de la Escritura en una universidad argentina es el último paso que denota el creciente auge experimentado en los últimos años por los talleres y cursos de escritura creativa. Y surge de nuevo la inevitable pregunta: ¿realmente es posible enseñar a escribir? Los escritores Eloy Tizón, Ana Merino, Martín López-Vega y Samanta Schweblin opinan

Este mismo mes de agosto da inicio en la Universidad Nacional de las Artes de Argentina un experimento que supone el paso definitivo para la consolidación de la escritura creativa como disciplina reglada en el ámbito hispanoamericano: su entrada en el mundo universitario. Desde hace varios años, el fenómeno de los talleres y cursos de escritura, impartidos en muchos casos por escritores de prestigio, se ha extendido como la pólvora generando paulatinamente másteres y posgrados orientados a complementar una formación universitaria más general. Pero esta Licenciatura en Artes de la Escritura es la primera carrera de grado pública específicamente creada para convertirse en escritor profesional.

La demanda de una iniciativa de esta índole queda de manifiesto si nos atenemos a los números: más de 1700 personas se inscribieron en la carrera que dirige el escritor Roque Larraquy, conocido en España por su novela La comemadre. Lógicamente no todos los interesados podrán ser alumnos. La criba de la ingente cantidad de candidatos comienza con un Curso de iniciación, nivelación y orientación que funciona como filtro y en el que un grupo de escritores, editores y críticos jóvenes evalúan las habilidades de los aspirantes. Requisitos imprescindibles que los futuros alumnos deben poseer son: conjugar verbos correctamente, no separar sujeto de predicado con coma ni abusar de los gerundios. Y es que es clave evitar las faltas de ortografía antes de embarcarse en temas como el análisis de la ideología del texto o de los pliegues de la argumentación, que se abordarán en el transcurso de una carrera que dura nada menos que cinco años.

Pero al igual que ocurre con los talleres y cursos, el realizar esta carrera no garantiza que alguien se vaya a convertir en escritor, como ocurre con la gente que recibe clases de piano o de pintura. Sin embargo sí puede ayudar a explotar el talento que cada uno tenga, como en el caso de la escritora Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978), hoy una reconocida narradora, que comenzó dando sus primeros pasos en talleres de escritura. "Mis primeras experiencias de taller fueron a mis diecisiete, dieciocho años, y fueron absolutamente reveladoras". Por ello es de las que opina, avalada por su experiencia personal, que la literatura es una materia que se puede aprender y enseñar: "Por supuesto que hay mucho de oficio en la literatura, hay que desacralizar esa idea de escritor-genio, de saber intransferible. Creo que cualquier disciplina puede enseñarse, y también que en cualquier disciplina hay algo único, original, una mirada personal que es lo que no puede enseñarse, pero puede descubrirse mediante el aprendizaje del oficio".

Es por eso que celebra el que la enseñanza de la escritura creativa se haya disociado de las carreras más académicas, una vieja reivindicación general que acusaba un déficit en las carreras de letras, más orientadas hacia la crítica, la docencia o la investigación que hacia la creatividad. "Respeto mucho esas carreras, y creo que para algunos autores podría ser un recorrido interesante, pero no tienen nada que ver con la escritura creativa. Proponerse aprender a escribir en esos entornos sería como anotarse a la carrera agropecuaria de piscicultura para aprender a nadar. Todo sucede en el mismo territorio, pero los mundos son abismalmente diferentes".

Otro escritor que conoce desde dentro el mundo de la enseñanza de escritura creativa es Eloy Tizón (Madrid, 1964), que imparte clases de narrativa en los centros educativos Hotel Kafka y en Relee. En su opinión, está bien claro que los talleres ocupan un espacio que la universidad española está dejando vacío. "Es evidente que los talleres cubren una inquietud que la enseñanza institucional no acaba de satisfacer del todo. Los talleres existen porque hay personas interesadas que los necesitan y reclaman, y no al revés. Somos una creación de los lectores. Nosotros podemos encauzar el deseo, pero ese deseo tiene que estar, al menos latente, ya en el alumno".

Aunque paulatinamente se va avanzando hacia la institucionalización de la enseñanza de la escritura, ésta todavía sufre un prejuicio del que escapan otras artes. "Siempre se ha pensado que la creación literaria no se podía enseñar, como si todo dependiera del genio. Lo cual es un sinsentido si pensamos por ejemplo en las carreras de bellas artes", afirma el poeta y traductor Martín López-Vega (Poo de Llanes, Asturias, 1975), actualmente profesor de portugués en la Universidad de Iowa (Estados Unidos). Precisamente Estados Unidos es paradigma mundial de este tipo de formación, donde ya es algo completamente naturalizado y asumido a nivel social, e incluso está perfectamente integrado en el mercado editorial. "En Estados Unidos los programas de escritura creativa son el vivero del mercado, hay estudiantes que salen del programa con un contrato millonario firmado. No sé si eso podría llegar a darse en España, porque no hay esa tradición. De estos programas salen más best sellers que obras maestras, y centenares de poemas ramplones que parecen cortados por el mismo patrón".

Ante esta defensa de que el planteamiento estadounidense es puramente mercantil, la poeta y profesora Ana Merino (Madrid, 1971), directora del MFA de escritura creativa en español en la Universidad de Iowa, señala que en este asunto nuestra visión suele estar polarizada: "La creatividad no se opone a la vocación profesional. El mundo anglosajón entendió claramente que se puede ayudar a la creatividad literaria de forma reglada en las universidades". Algo que en el nuestro se ha cultivado de forma más restringida. "En España ha habido siempre escuelas de bellas artes o conservatorios para formar técnicamente a la gente con vocación creativa en materia de pintura, escultura o música. Las tertulias literarias, tan características en España desde el siglo XVI hicieron las veces de talleres improvisados".

En este aspecto coincide Tizón, que asegura que la literatura es un aprendizaje y que además dura toda la vida. "Si algo se puede aprender, no hay razón para que no se pueda enseñar. Tal vez nunca haya habido escritores autodidactas. Todos hemos asistido a talleres de escritura, de una manera u otra, dentro o fuera de casa, y nuestros profesores se han llamado y se siguen llamando Anna Karenina, Madame Bovary, o Pedro Páramo". En ese sentido señala que la institucionalización de la enseñanza de la escritura es mayor en Estado Unidos por una "simple cuestión de tiempo y confianza. Aquí al principio, los talleres eran una rareza recibida con recelo, como todo lo nuevo. Después de varias décadas de práctica, la situación ya se ha normalizado. Dentro de poco (o ya mismo), apenas habrá escritores que no hayan asistido a algún taller".

A tenor de las opiniones de los expertos, el futuro de la escritura creativa como disciplina parece imparable, aunque a la hora de alabar la iniciativa de que se transforme en una carrera las opiniones divergen. López-Vega asegura que el saber nunca está de más "Si está bien diseñada, una carrera así debería dar sobre todo un conocimiento amplio de la tradición, herramientas críticas, un conocimiento cabal de lo que ahora se hace... Y sobre todo enseñaría que nunca se sabe bastante, ni se ha leído bastante, ni se ha roto bastante de lo que uno escribe". Merino opina que el formato máster de dos años que ella dirige en Iowa es suficiente y aporta elementos que no se pueden dar en un grado universitario. "Para nosotros el tallerismo comunitario es clave, y creemos en un tipo de escritor comprometido capaz de disfrutar con muchos registros. Hay otros programas con otros tiempos y otros objetivos".

Por su parte, Tizón cree que tanto tiempo podría ser incluso perjudicial para el alumno"Cinco años son muchos. Soy partidario de los cursos más breves, por encima de aquellos otros en que el alumno corre el peligro de amoldarse a una rutina en que termina aprendiendo a escribir para complacer al profesor, cuando no se trata de eso, sino de descubrir su propio camino y seguir su propia voz". En cualquier caso, y a pesar de la tendencia, nada hace presagiar inminentes cambios en las universidades españolas y es seguro que todavía tendremos que esperar para ver algo así en nuestro país.

(Andrés Seoane, El Cultural, El Mundo)